lunes, 26 de septiembre de 2016

Entrevista capotiana a Jesús Jiménez Domínguez (por Toni Montesinos)

Foto: Lucía Bailón

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús Jiménez Domínguez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Pues empezamos bien… Acabo de entrar en esta entrevista y ya quiero salir.
Me gusta mucho Roma, “ciudad abierta” según Rossellini. Y en las ciudades abiertas se puede entrar y salir.
 
¿Prefiere los animales a la gente?
En ocasiones muy puntuales sí, cuando vienen justificadas por la maldad del ser humano. En todo caso, prefiero las personas a la gente.
 
¿Es usted cruel?
La llamamos crueldad cuando nosotros somos las víctimas. Cuando la ejercemos sobre el prójimo la denominamos “deber”, “derecho” o “daño colateral”. No, en serio: no me tengo por una persona cruel.
 
¿Tiene muchos amigos?
Supongo que los justos. Facebook diría que muchísimos, pero luego la realidad demuestra que solo una parte de ellos lo son de verdad y compran mis libros. Una vez, un escritor de mi ciudad comentaba que el número de personas que acuden a las presentaciones literarias de un autor suele coincidir con el número de personas que acudirán a su funeral. Desde entonces, inevitablemente, cada vez que presento un libro, cuento el número de asistentes y veo muy claro el futuro.
 
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No hago ningún casting. Supongo que unos tienen unas cualidades y otros, otras. Me caen bien de forma muy natural y general y no me pregunto nunca por qué.
 
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Habrá ocurrido alguna vez (como yo a ellos, supongo), pero lo he olvidado. Los buenos amigos dejan buenos momentos y mejor quedarse con esos.
 
¿Es usted una persona sincera? 
Nadie puede practicar la sinceridad veinticuatro horas al día. Es agotador y no bueno del todo: a veces las mentiras piadosas, causadas para evitar el sufrimiento mayor de la verdad, son necesarias. “En la literatura, así como en la vida, sólo el silencio es sincero” (Sándor Márai).
 
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Como no puedo viajar tanto como quisiera, intento hacerlo de manera virtual: leyendo, viendo cine o escuchando música. Reconozco que me gustaría ser más esclavo de mi tiempo libre.
 
¿Qué le da más miedo?
La decadencia física acompañada de un gran, terrible dolor. En mí o en las personas más cercanas.
 
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que alguien sea capaz de matar por una creencia.
 
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No me imagino una vida fuera del ámbito creativo (y mira que tengo imaginación). Empecé estudiando Derecho, pero me parecía un mundo ajeno del todo a mí. De pequeño me atraía la arqueología, pero hasta ese oficio tiene una vertiente creativa: imaginar cómo vivían nuestros antepasados.
 
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Ejercicio físico, muy light, cuando mi perro me saca a pasear (sería vanidad pensar que soy yo el que lo saca de paseo). El ejercicio físico de caminar ayuda al ejercicio químico de pensar.
 
¿Sabe cocinar?
Me manejo en el terreno de la cocina de supervivencia. Cualquier plato que lleve más tiempo cocinarlo que comerlo me resulta inconcebible.
 
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Creo que trataría de inventarme el personaje (un escritor de vida escandalosa, atormentado y suicida, por ejemplo) e intentaría pasarlo por real. Podría ser divertido e “inolvidable”. Una vez llevé esa clase de impostura a la presentación de un libro mío: era joven y no tenía gran cosa que decir de mi primer poemario. Así que me inventé varias páginas de un autor ficticio, de nombre extranjero, para justificar mi libro y las leí ante el público. Leí a trompicones, bastante mal, porque estaba nervioso y quería que todo pasara a la velocidad del rayo o, directamente, que el rayo cayera sobre mí. Al final de la presentación, un crítico literario de la ciudad se me acercó y me dijo: “Se notaba mucho que estabas traduciéndolo de su idioma original, sobre la marcha”.
 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Esperanza.
 
¿Y la más peligrosa?
Esperanza.
 
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, pero siempre mediante métodos inocuos y, por tanto, sin conseguirlo: de risa (en el caso de los amigos) o de aburrimiento (en caso contrario).
 
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aquellas que propongan una sociedad más justa y solidaria.
 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Esa pregunta sugiere que soy una cosa. Me gustaría ser lo que soy, pero más y mejor.
 
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy una persona normal que tiende a pensar que no tiene vicios importantes. Y pensar así, de una forma tan tajante, no deja de ser un vicio.
 
¿Y sus virtudes?
Es una pregunta que deberían contestar aquellos que me conocen bien. No contestarla por mi parte lleva implícita, creo, una virtud: la cautela.
 
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Dicen que, en casos así, la vida propia pasa por delante de uno como una película. Creo que me aliviaría descubrir, después del asombro y el miedo iniciales, que para las escenas peligrosas de esa película (como la del ahogamiento) hubieran contratado a un doble y que, además, para colmo, se pareciera muy poco o nada a mí.
 
 
TONI MONTESINOS
19-09-2016 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Carlos Alcorta escribe acerca de "Contra las cosas redondas"


En la buena literatura, en la buena poesía abundan más las preguntas que las respuestas. Cualquier obra, si posee aspiraciones de trascender la realidad, debe plantear al lector dudas, incógnitas, incertidumbres sobre el entorno, sobre la esencia del ser; de lo contrario corre el riego de convertirse en un manual de instrucciones o en uno de esos patéticos libros de autoayuda que tanto proliferan en la actualidad. Por ir directo al grano, Contra las cosas redondas, el nuevo libro de Jesús Jiménez Domínguez, está plagado de interrogaciones que surgen en los versos no de forma premeditada, sino como consecuencia de la posición que el poeta adopta frente a esa realidad en la que se quiere profundizar, quizá con la metodología del arqueólogo, palmo a palmo, marcando catas de sondeo, de conocimiento. El lugar que elige Jiménez Domínguez resultará incómodo para quien no esté dispuesto a dejarse seducir por la extrañeza de las prospecciones y por la extraterritorialidad de quien las realiza, un ser capaz de mirar el mundo desde las afueras, con la suficiente cordura como para traspasar unos límites invisibles, los de la historia, sí, pero también los de sí mismo. Esa mirada produce, forzando, retorciendo la cotidianidad, innumerables tropos que seducen por su originalidad de forma natural, sin necesidad de violentar el idioma, como ocurre tan frecuentemente. Veamos un ejemplo: «Dos cuervos, abrochados a las cabezas/ los cucuruchos del pico se calzan/ las alas reglamentarias y acuden a investigarlo». Con el poder de su imaginación, Jesús Jiménez Domínguez nos invita a internarnos en una escena que parece representarse por primera vez, una escena que el espectador debe contemplar sin el lastre de la tradición. Evidentemente, y ya se ha señalado previamente, la perspicacia del autor le dispensa de caer en excesos barrocos a la hora de construir analogías eficaces. Se guarda un especial cuidado por mantener cierta austeridad en la construcción del verso; las paradojas, la magia de las asociaciones o los juegos de palabras son fruto de un proceso de intelectualización que tiene lugar en la propia escritura; no provienen, creemos, de un rapto inspirado o de una fuente divina. Pierre Réverdy decía que «Cuanto más distantes y justas sean las relaciones entre dos realidades reunidas entre sí, más poderosa será la imagen y más emotiva resultará la realidad poética». Jesús Jiménez Domínguez demuestra fidelidad a este precepto cuando escribe versos como estos: «En esta bolsa de viaje, madre, guardaste/ lo necesario: una mente, un estómago y un sexo». Esa precisión, no exenta de crudeza, nos recuerda algunos versos de Touch, el penúltimo libro de Henri Cole, en el que el autor analiza la relación con su madre mientras la observa en la mesa de disección. Por otra parte, quien busque alguna moraleja tendrá que vérselas con sus propias pretensiones, que no tienen por qué coincidir con las intenciones del autor.

Contra las cosas redondas contiene un repudio alegórico del concepto de esfera como perfección universal, simétrica y ambivalente (recordemos el concepto de la “armonía de las esferas”, el movimiento armónico de los planetas en el cosmos o la descripción que hace Dante del cielo como un conjunto de esferas). Las cosas que nos rodean no siempre son bellas y perfectas, antes al contrario. En el poema del mismo título, Jesús Jiménez Domínguez lo expresa de forma manifiesta: «Me niego en redondo a aceptar tales desplantes./ Ante las formas esféricas opongo las cosas informes./ Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares./ Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces./ Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,/ solo ellas permanecen y nos acompañan siempre».

Podemos encuadrar la poesía de nuestro autor dentro de la llamada poesía del pensamiento, aunque, como ocurre cuando leemos a autores como Eliot, percibimos un desdoblamiento del yo en diferentes personajes. El yo que asoma entre rendijas no es un yo ensimismado sino un yo que dialoga desde diferentes puntos de vista con sus distintos yoes —el poeta trata de ocultarse en otros personajes— y con el mundo que le rodea, incluso con ciertas dosis de ironía, acaso porque el hombre moderno, como decía Octavio Paz, «asume el disfraz para combatir un estado de temor y precariedad cuyos orígenes son el exceso de cultura histórica y la afirmación del saber científico como forma espiritual hegemónica». El mundo caótico y en desorden en el que vivimos entra en conflicto con ese mundo en el que está «Todo en completo orden, perfectamente dispuesto/ como en el comienzo de una partida de ajedrez» del primer poema del libro, un mundo que los poetas van desvelando mientras esperan «que hiervan […] las palabras». La poesía es un hervidero, «la alumna aventajada de la Luz», «una mitad del corazón [que] convierte/ en tinta la sangre que la otra mitad le entregó». Desde el romanticismo se ha intentando convencer al lector de que no necesita más información sobre el autor que la que proviene de la propia obra porque, de lo contrario, la comprensión de dicha obra quedaría alterada por ese conocimiento externo. Algunas de las más afamadas teorías estéticas contemporáneas abundan en ese planteamiento; sin embargo, nosotros pensamos que, huyendo de los maximalismos, ciertas circunstancias vitales benefician la comprensión de la obra. Nos parece razonable separar a la persona de su obra, pero no podemos dejar de preguntarnos si ésta se ha mantenido impermeable a dicho contacto. En el caso de Jesús Jiménez Domínguez es muy posible que su profesión tenga algo que ver con esa bifurcación que sufre la identidad en algunos momentos de este libro, como ocurre en el poema «Vida en el espejo»: «Mi otro yo sale a la calle paralela de la irrealidad en su cuidad de azogue». Recordemos que en la catóptrica, o ciencia de los espejos barroca, la mirada era capaz de crear reinos imaginarios que atrapaban con en su laberíntica red al espectador. Acaso Jesús Jiménez Domínguez se haya dejado atrapar en más de una ocasión por los sucesos de esos reinos fabulosos y de sus revelaciones provengan versos tan seductores e inquietantes como estos: «Las frutas, dispuestas en los mercados como los santos/ de un retablo románico, parecían querer decirnos algo:/ huesos envueltos en rojo papel de charol, en cuero/ verde y amarillo, en grueso terciopelo beige». En Contra las cosas redondas los versos —de marcado carácter narrativo, pero con un amplio abanico de posibilidades rítmicas, cercanos en algunos casos a la prosodia homérica— lejos de ser un instrumento al servicio de la realidad, nos vinculan con esos mundos paralelos que persisten en nuestra mente a pesar de la rudimentaria prevalencia de sensatez. La hondura de la visión que ofrecen, la variedad de las partes del libro que, paradójicamente, contribuyen a su unidad, la yuxtaposición de tiempos y espacios, la alternancia de puntos de vista, la flexibilidad lingüística son razones más que sobradas para considerar este libro como uno de los más interesantes hallazgos de la poesía reciente.

CARLOS ALCORTA
Carlos Alcorta - Literatura y Arte
13-09-2016

lunes, 12 de septiembre de 2016

Juego (Joan Vinyoli)






JUEGO
(UN POEMA DE JOAN VINYOLI)

Me he vuelto una bola de billar
de marfil que rueda empujada siempre
por el taco siniestro y, dolorosamente,
topando contra las bandas del rectángulo,
es repelida con seca violencia,
sin parar.
               Ya no puedo jugar más, retírame
del fieltro verde, jugador empedernido,
déjame sentir cómo van cayendo las horas,
cómo cesan el ruido y el movimiento,
cómo, inactivo, el marfil se hace cera,
que fundirá, al final, la mano del fuego.



[Traducción: Carlos Vitale]

lunes, 5 de septiembre de 2016

Explorador (Yehuda Amijai)


EXPLORADOR
(UN POEMA DE YEHUDA AMIJAI)

Hace muchos años
fui enviado
a explorar la tierra
más allá de los treinta años.

Me quedé allí
y no volví a los que me enviaron,
para no tener
que contarles nada
de esta tierra
y no tener
que mentir.


[Traducción: Raquel García Lozano]

lunes, 29 de agosto de 2016

El erizo (Bernardo Atxaga)


EL ERIZO
(UN POEMA DE BERNARDO ATXAGA)

El erizo despierta al fin en su nido de hojas secas,
y acuden a su memoria todas las palabras de su lengua,
que, contando los verbos, son poco más o menos veintisiete.

Luego piensa: El invierno ha terminado,
Soy un erizo, Dos águilas vuelan sobre mí;
Rana, Caracol, Araña, Gusano, Insecto,
¿En qué parte de la montaña os escondéis?
Ahí está el río, Es mi territorio, Tengo hambre.

Y vuelve a pensar: Es mi territorio, Tengo hambre,
Rana, Caracol, Araña, Gusano, Insecto,
¿En qué parte de la montaña os escondéis?

Sin embargo, permanece quieto, como una hoja seca más,
porque aún es mediodía, y una antigua ley
le prohibe las águilas, el sol y los cielos azules.

Pero anochece, desaparecen las águilas, y el erizo,
Rana, Caracol, Araña, Gusano, Insecto,
Desecha el río y sube por la falda de la montaña,
tan seguro de sus púas como pudo estarlo
un guerrero de su escudo, en Esparta o en Corinto;

Y de pronto atraviesa el límite, la línea
que separa la tierra y la hierba de la nueva carretera,
de un solo paso entra en su tiempo y el mío;
Y como su diccionario universal
no ha sido corregido ni aumentado
en estos últimos siete mil años,
no reconoce las luces de nuestro automóvil,
y ni siquiera se da cuenta de que va a morir.

lunes, 22 de agosto de 2016

Un diálogo con Antón Castro


Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) es una de las voces más personales de la lírica española de los últimos años. Con la llegada de la primavera publicaba en La Bella Varsovia su libro Contras las cosas redondas, que pronto llegó a su segunda edición. Aquí el autor explica algunas de las claves del libro, su poética y recomienda algunos libros para leer en verano. O en cualquier momento del año. El sábado 13 de agosto se publicaba en Heraldo de Aragón un amplio fragmento; hoy aparece al completo.

¿Cuál es el ánimo esencial de Contra las cosas redondas?
Una exaltación -siquiera indirecta, siquiera digresiva- de la vida mediante la observación de personas y cosas que la acompañan y un día la dejan. Sigo preguntándome por los asuntos de siempre: quién soy yo y cómo es este mundo. En qué consiste esto de vivir cuando la vida nos viene dada sin garantía ni manual de instrucciones. Hay muchas preguntas en este libro y pocas certezas. 

Dice en el primer poema: “Los días, llegando de uno en uno, / rebosan las orillas del corazón y lo desbordan”. ¿Eso qué es: aceptación gozosa del presente u otra cosa?
 Beneplácito, aceptación dichosa del presente; pero también asombro y fascinación ante ese caudal salvaje y desordenado que es la suma de instantes: la vida.

En el poema que da título al libro, dice que prefiere las cosas informes, las imperfectas, con taras. ¿A qué tipo de imperfección se refiere?
 Hay una cierta rebeldía ante la tiranía de lo bello, perfecto y armónico a favor de lo imperfecto, raro y aparentemente vulgar. Un “camino de imperfección”, como sugiere el poeta, ensayista y crítico Antonio Rivero Taravillo. Una versión light de aquellos versos de Rimbaud: “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”. Y también una invitación a dudar de los dogmas de fe, de las verdades supuestamente inalterables.

¿Cómo se fue armando y organizando el libro, cómo surgieron los poemas?
 Suelo decir que no escribo libros de poesía, sino poemas sueltos a lo largo de varios, bastantes años. Solo cuando dispongo de un buen puñado de ellos (alrededor de treinta y cinco o cuarenta poemas) intento armar un libro, ordenándolos de una manera estratégica, buscando afinidades entre ellos. En realidad, pienso que los poemas nacen con vocación de singles, pero el mercado editorial de la poesía (si es que tal existe) requiere elepés y hasta dobles elepés, así que les envío un montón de poemas dentro ese engañoso formato.

¿Hay que leer sus partes en una clave especial, como una sinfonía con sus partes o es un orden un poco azaroso?
El orden de los poemas es bastante fortuito. Cada poema tiene su propio status independiente: puede leerse por separado y en un orden no prefijado. En principio, por eso mismo de ir contra un libro “redondo”, no concebí una estructura cerrada para el libro, pero luego se me ocurrió el juego tonto de las preposiciones: “Ante” (que se abre con el poema “Credenciales” y que es la parte más metapoética del poemario), “Bajo”, “Cabe”, “Con” y “Contra” (que arranca con el poema que da título al libro). 

Uno de los poemas más emocionantes del libro es ‘La luz’. ¿Podríamos decir que es un pequeño manifiesto o la clave del conjunto? ¿Una apuesta por la felicidad?
 No soy muy amigo de manifiestos y panfletos ni siento la necesidad de pontificar o teorizar. Para mí, la poesía tiene más de pregunta e indagación que de respuesta y aseveración. Por supuesto, cada poema es una manifestación. Y me gusta pensar que la poesía es el periódico de lo invisible y lo fugaz, de esas pequeñas cosas cotidianas en las que apenas reparamos porque hemos hecho de nuestra vida un río vertiginoso. Los poemas que me interesan son aquellos que dan noticia íntima de cada uno de nosotros, aunque sea a mi manera, de forma alegórica.

¿Por qué es la poesía la alumna aventajada de la luz?
 Allí donde la objetividad de la ciencia no llega, lo hace la subjetividad de la poesía. Esta pone bajo su foco aspectos del mundo y de nosotros mismos que no conocíamos o que habíamos olvidado. La poesía nos muestra la cara oculta de las cosas, las ilumina. Es un gran caer en la cuenta, como decía Valente.

Este también es el libro de las pequeñas cosas, de los actos inadvertidos, ¿qué te da la observación de lo cotidiano, en qué radica su poesía?
Con las cosas más cotidianas y a primera vista insignificantes puedes armar un gran poema que hable del mundo. No necesitas palabras ostentosas, ni palacios marmóreos, ni grandes verdades universales. Dame al azar dos o tres objetos muy humildes y, con tiempo, te descubriré unas rencillas o unos amores recónditos entre ellos. Y lo que es mejor: hallarás en sus asuntos privados tus mismos asuntos. Así funcionan gran parte de mis poemas. 

¿Qué supone para ti alcanzar una segunda edición de poesía?
Supone la existencia de una confianza firme por parte de la editora, Elena Medel, al apostar por una vida prolongada del libro cuando la misma dinámica del mercado editorial parece señalar lo contrario. Dupone la sospecha, aunque suene muy inmodesto por mi parte, de que en muchos rincones del país hay un puñado nada desdeñable de lectores, muy fieles y exigentes, que esperan durante años la publicación de un libro mío y que compran a ciegas, como si Jiménez Domínguez fuera una marca de confianza.

Llevas casi dos décadas en la poesía. ¿Cuál ha sido tu evolución, cómo ves tu camino?
Aunque empecé a escribir poemas a los 9 años, solo publiqué mi primer libro (a los 30 años) cuando pensé que era una edad apropiada. Ahora que nadie nos oye, me confesaré: ojalá hubiera esperado algunos años más para hacerlo. He estado aprendiendo todo el tiempo y sigo haciéndolo, por eso siempre tengo la impresión de estar empezando. Comencé muy imbuido por las vanguardias y todos los ismos de principios del siglo XX. Con el tiempo he sabido, creo, subrayar lo esencial del hecho poético sin preocuparme de retóricas retorcidas ni de parecer moderno. ¿Quién querría ser moderno pudiendo elegir ser eterno? Esa sería una noble, aunque utópica, aspiración.

¿Cómo se construye un lenguaje poético personal?
No tengo ni idea. Todos andamos tras la piedra filosofal del “estilo propio”, pero no existe una fórmula mágica. Supongo que no queda otra solución que leer mucho y diverso, intentar ser permeable y no temer a las influencias. Todo ese maremágnum de influencias adquiridas a lo largo del tiempo y un prolongado, incansable trabajo de indagación personal, ayuda a la construcción de un estilo, de un lenguaje poético personal. Ah, y correr algunos riesgos, buscar tu propio camino sin pensar si va en una dirección contraria al de los demás. 

¿Ha vuelto la poesía a nuestras vidas y a nuestras noches de una manera natural o es un espejismo?
 ¿Se fue alguna vez? Esencialmente no. Si la pregunta va en la dirección de cuál es el momento actual de la poesía en España, tengo que señalar que esta sigue demostrando su mala salud de hierro frente a cualquier crisis. Hay una actividad frenética todas las semanas: publicaciones de libros, presentaciones, recitales, blogs, festivales… Empieza a haber tantos festivales de poesía como de música.

¿Podrías decirnos por qué debemos leer poesía?
Hace unos años la Universidad inglesa de Liverpool llegó a la conclusión de que la poesía estimula la mente y resulta más beneficiosa terapéuticamente que los libros de autoayuda. No hacían falta tantos estudios para llegar a esa conclusión. Yo podría dar otras muchas razones, todas ellas muy personales, pero me quedo con esta, muy poderosa y primordial: no olvidar quiénes somos. 

Recomiéndanos tres o cuatro libros de poesía para leer en verano.
Estuve el verano pasado en un festival de poesía en Rumanía y me traje de allí dos nombres ineludibles: Ion Mureşan e Ioan Es.Pop. En verano, tiempo de amores desordenados, suelo serle infiel a la poesía para arrimarme más a la novela. Para los que deseen recorrer el camino inverso recomiendo en esta época del año la poesía llena de viajes (geográficos e interiores) de Adam Zagajewski (Mano invisible) o de Martín López-Vega (Adulto Extranjero). Y, sobretodo, la poesía de Wislawa Szymborska, que es amena, luminosa y siempre fresca. He veraneado más veces en los poemas de Wisława que en el Mediterráneo.

lunes, 15 de agosto de 2016

Entrevista en Heraldo de Aragón (13-08-2016)

Para ver la entrevista a mayor tamaño, hacer clic sobre la imagen.










lunes, 8 de agosto de 2016

La muerte tiene un diente de oro (Óscar Hahn)


LA MUERTE TIENE UN DIENTE DE ORO
(UN POEMA DE ÓSCAR HAHN)

La muerte no tiene dientes: se ríe con la encía pelada.
Y cuando muere un rico, la muerte tiene un diente de oro.
Y cuando muere un pobre, no tiene ningún diente
o le crece un diente picado. ¿Cachái ganso?


La muerte tiene la boca
llena de muelas tristes, de colmillos cariados,
llena de jugo gástrico en lugar de saliva.


Yo tuteo a la muerte.
“Hola, Flaca, le digo. ¿Cómo estái?”
Porque todavía soy un diente de leche.

lunes, 1 de agosto de 2016

"Contra las cosas redondas" o el poder de la metáfora de Jesús Jiménez Domínguez


Jesús Jiménez Domínguez posee el poder de las metáforas, un poder ilimitado que extiende desde su latir poético al ancho del papel y convierte las palabras en la medida exacta y equilibrada de la vida y la muerte, de la infancia y el aprendizaje, del sentir cotidiano que envuelve el misterio de la existencia, la magia oscura y ancestral de la creación poética. Colorea con las metáforas cada uno de los rincones de su memoria y nos traslada al restablecimiento de la alegría perdida, del reencuentro con la palabra. Es sin duda, maestro equilibrado de la reflexión y la observación, conjuga con su dominio de la metáfora y la destreza de las palabras, un entramado poliédrico y brillante.

Es un sentir pleno el que nos traslada con sus poemas con tendencia alejandrina y eleva el alma humana para hacerla volar sin miedo.

35 poemas que hay que deleitar con lentitud. No he de negar que en primera vuelta los devoré con una velocidad endiablada y meteórica, fue en la segunda ocasión, con más lentitud cuando degusté cada pedazo de texto con más voluptuosidad, con mayor deleite, rozando con las papilas gustativas del entendimiento y el sentir. Disfrutando de cada poema con suavidad y gozo.

El título ya nos indica una rebeldía para alcanzar la verdad, así en los últimos versos del poema que da nombre al título, encontramos la esencia del poeta:

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.
Ante las formas esféricas opongo las cosas informes,
elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.
Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.
Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,
solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.
 
Como siempre nos ha de acompañar este manual de supervivencia. Tan redondo en apariencia, pero solo en apariencia, ya que contiene innumerables vértices y deformaciones seductoras. Tan imperfecto como lo humano, pero con una componente intensa de divinidad y orden.

Un canto a la poesía.

Por cierto, elegantísima edición de “La bella Varsovia” con Elena Medel al frente.

Muy aconsejable.
VÍCTOR MANUEL PÉREZ BENÍTEZ
Blog "Siroco", 27-07-2016

lunes, 18 de julio de 2016

Camino de imperfección



Tras Fundido en negro (Premio Hermanos Argensola, en la desaparecida DVD Ediciones, 2007) y Frecuencias (Premio Ciudad de Burgos, Visor, 2012), el zaragozano Jesús Jiménez Domínguez publica Contra las cosas redondas. En mi opinión, y quien me conozca sabrá que solo suelo ocuparme de lo que merece la pena, se trata de uno de los libros de poesía española más destacables en lo que va de año. Con un verso que rehúye lo enfático pero que fluye armónico (más algún estupendo texto en prosa), Jiménez Domínguez consigue un equilibrio difícil de alcanzar y muy natural, valga la paradoja, cuando se nos ofrece, como la belleza desnuda: esta lírica entre narración y epifanía, entre observación e imaginación, que emociona y se dirige también a la inteligencia. No hay aquí irracionalismo sino apertura a la realidad distinta que es la poesía. Las composiciones excelentes son muchas, y recorren lugares, museos, hoteles; se ocupan de Rimbaud o Byron; tratan de los padres, de la muerte, de la preservación de la vida mediante el arte. Hay incluso un bellísimo y delicado pastiche oriental, “Consejos para la extracción y conservación de sombras a partir de los más variados objetos” –con gotas de esencias de Borges, Foxá, Gray o Pérez Estrada, que cada cual encuentre aromas según sus afinidades–.
 
En “Helada”, el poeta disecciona la vida y la escritura, subrayando lo paradójico de ambas: “Incluso aquí dentro, al amparo tibio de la piel, / la vida es una rara expedición repleta de burocracia: / la sangre del ventrículo izquierdo, en misión secreta, / a escondidas siempre de la luz, debe dar la vuelta al cuerpo / para alcanzar, aquí al lado, el lejano ventrílocuo opuesto. / La poesía: una mitad del corazón convierte / en tinta la sangre que la otra mitad le envió.”

Otros poemas destacables son “El escriba sentado”, “Campo visual”, “Desguace”, “La caída en desgracia”, “Interrogatorio”, “Efectos y causas”, “Bodegón” (al que sigue un más débil e igualmente pictórico “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”)… A menudo Jiménez Domínguez engasta frases lapidarias, certerísimas, en sus versos, como sucede en “La máquina del tiempo”: “Memoria, eres el trasto sin garantía que la nostalgia / nos vendió en la feria de los milagros y no funcionas bien.” También sabe manejar el humor irreverente, sin perder exactitud y exigencia aunque la fórmula sea manida y ya saqueada por otros: “Poesía, no soy digno de que entres en mi página, / pero una metáfora tuya bastará para sanarme.”

En el poema cuyo título adopta Contra las cosas redondas hay una declaración de principios, en prosaica confesión de tener los pies en el suelo frente a la consabida música de las esferas y sublimidades varias que en algunos poetas, a fuerza de repetirlas, resultan ser de garrafón. Este canto a lo imperfecto constituye el lema del libro: “Ante las formas esféricas opongo las cosas informes. / Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares. / Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces. / Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro, / solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.”

Con poemas en general de mediana extensión con tendencia al alejandrino o a versos largos con cesura (a los que la faja de la tipografía disimula) y en los que cabe el asombro, la brillantez expresiva, las imágenes y metáforas poderosas, Jiménez Domínguez ha reunido treinta y cinco poemas bajo la marcada arquitectura de cinco partes, con siete poemas cada una, a las que dan nombre las preposiciones “ante”, “bajo”, cabe”, “con”, “contra”. Utilizando la última de la serie, que aquí no aparece, “tras” la cubierta de este pequeño volumen hay no pocas páginas dignas de recomendación.

ANTONIO RIVERO TARAVILLO
Estado Crítico, 11/07/2016